Archivos diarios: julio 24, 2020

Chichén Itzá


La pirámide de Kukulcán se eleva con precisión geométrica en medio de una explanada que hace mil años fue el centro político, religioso y cultural del imperio mayaChichén Itzá significa “boca del pozo de los itzaes”, en alusión al cenote situado al norte de la pirámide y que era considerado un enclave sagrado, además de una fuente de agua dulce esencial para aquella ciudad de templos y sabios astrónomos.

El recinto arqueológico ocupa 15 km2, es Patrimonio de la Humanidad desde 1998 y constituye uno de los testimonios mejor preservados de la civilización mayaEl estudio de los grabados y la disposición de los edificios ha revelado que los mayas conocían el ciclo de Venus de 584 días y el hecho de que cada 8 años retornase a la misma posición en el cielo, lo que se reflejaba a su vez en el calendario maya. El edificio que los españoles llamaron el Caracol era un observatorio astronómico.

El emplazamiento de la ciudad, rodeada de selva y a más de 100 kilómetros de la costa, sume al visitante en una especie de ensoñación que lo conduce entre monumentos sensacionales: la cancha del Juego de Pelota, la calzada que lleva al Cenote Sagrado, las esculturas del dios Chaac, los relieves de la Casa de las Monjas o las cabezas de la Serpiente emplumada (Quetzalcóatl o Kukulcán).

PIRÁMIDE O CASTILLO DE KUKULKÁN

Este templo es el edificio principal de la ciudad de Chichén Itzá. Su estructura pone de manifiesto los conocimientos de los mayas sobre matemáticas, astronomía, geometría y acústica. Su perfecta simetría representa el calendario maya: 18 cuerpos (el número de meses, de 20 días cada uno) y 365 peldaños (días del año), cinco de los cuales se consideraban nefastos.

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LA FORMA DE UN DIOS

Cabezas de serpiente al pie de la escalinata de la pirámide de Kukulcán, que significa serpiente emplumada, una deidad maya. En otras lugares de los templos de Chichén Itzá también se hallan representaciones de algunas partes del cuerpo de una serpiente.

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En la zona que ocupaba la antigua ciudad maya todavía se conservan los principales edificios de su época de máximo esplendor. Se puede contemplar el Templo de los guerreros, con el impresionante grupo de las mil columnas, el observatorio, también llamado el Caracol, la pirámide de Kukulkán, la cancha del Juego de pelota y el Tzompantli.

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EL FARO DE ALEJANDRÍA, EGIPTO


El Faro de Alejandría fue una torre construida en el siglo III a. C. (entre los años 285 y 247 a. C.) en la isla de Faro en Alejandría, Egipto, para servir como punto de referencia del puerto y como faro, con una altura estimada de al menos 100 metros. Fue una de las estructuras hechas por el hombre más altas durante muchos siglos, y forma parte como una de las siete maravillas del mundo antiguo por Antípatro de Sidón. Se vio derribado por los efectos de un terremoto a principios del siglo XIV.

El faro es, ha sido y será metáfora de infinitas cosas. El faro es algo real, algo que se nos impone con su presencia física. El faro está en tierra firme y es una referencia para los que surcan las movidas aguas de los océanos. Una conexión con la tierra firme, con lo sólido, con lo real. Una conexión emocional, a través de una luz.

Los faros iluminan en circunstancias adversas, cuando la costa no se atisba con claridad. Los faros cumplen su función por la noche, donde hemos perdido nuestros referentes visuales. En los días de niebla.

Los faros, con tu luz, nos dicen quiénes somos y donde estamos, nos invitan a acercarnos sin ningún tipo de coacción, nos dan la libertad de acercarnos o no, de dirigirnos hacia ellos o de seguir otro rumbo, otra DERROTA.

“El scout siempre supera las dificultades con alegría” Recuerda esta ley scout como faro en tu camino.

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CRISTO REDENTOR, BRASIL


Iasá y el origen del Arco Iris

Cuenta una antigua leyenda de Brasil que en la tribu de los Cashinahuas hubo una joven llamada Iasá, cuya belleza era tan deslumbrante que incluso el mismísimo hijo del dios Tupán, llamado Tupá, quedó prendado de ella. Pero Tupá no era ni mucho menos el único que la amaba, al menos a ojos de los demás. El demonio Anhangá contemplaba con celos la relación entre ellos, y no tardó en maquinar un plan para desunir a la pareja, con intención de ganar el corazón del Iasá.

Así fue como Anhangá se presentó un día ante la madre de Iasá y le ofreció todas las riquezas que desease, así como comida y bebida para el resto de sus días a cambio de ortorgarle la mano de su hija. No fue la necesidad sino la ambición de la madre la que llevó a la joven a ser prometida a Anhangá, quien recibió la noticia con desolación. Resignada a su destino pero triste por separarse de su amado Tupá, pidió al demonio un último deseo antes de acceder a casarse y vivir en el inframundo por el resto de sus días. Su deseo fue ver una última vez a Tupá.

Anhangá accedió al deseo de Iasá, pero le impuso como condición que debería hacerse un corte en el brazo antes de partir hacia el cielo, para que la sangre formase un camino que él pudiera seguir. Era obvio que Anhangá no se fiaba del regreso de la joven, y por sorpresa para él, Iasá accedió a ello y dejó un rastro de roja sangre a lo largo de su camino.

Pero Tupá ideó un plan para desorientar al demonio e hizo que Guarací (el Sol) dibujase un rastro amarillo junto a la sangre de su amada, luego que Iuaca (el cielo) hiciese lo mismo con su color azul, y después le tocó el turno Pará (el mar), que aportó al rastro su color azul profundo.

Iasá se iba debilitando por la pérdida de sangre y fatigada cayó al suelo, donde su líquido vital se mezcló con la tierra del suelo, añadiendo una banda naranja a su rastro, que salpicó parte del arco azul dando origen al violeta. Tristemente la muchacha no pudo llegar hasta el cielo para reunirse con Tupá y falleció en una playa, arropada por la suave luz del sol y mecida por el arrullo de las olas del mar.

Fue la mezcla sobre su cuerpo de la dorada luz del sol y el azul del mar la que dio origen al verde, y así fue como el camino de Iasá hacia el cielo quedó para siempre marcado con los siete colores del Arco Iris.

 

MACHU PICHU, PERÚ


LA MISIÓN DEL COLIBRÍ INCA

Cuentan que hace muchísimos años, una terrible sequía se extendió por las tierras de los quechuas. Los líquenes y el musgo se redujeron a polvo, y pronto las plantas más grandes comenzaron a sufrir por la falta de agua; el cielo estaba completamente limpio, no pasaba ni la más mínima nubecita, así que la tierra recibía los rayos del sol sin el alivio de un parche de sombra; las rocas comenzaban a agrietarse y el aire caliente levantaba remolinos de polvo aquí y allá. Si no llovía pronto, todas las plantas y animales morirían. 

En esa desolación, sólo resistía tenazmente la planta de kantu, que necesita muy poca agua para crecer y florecer en el desierto. Pero hasta ella comenzó a secarse, y dicen que la planta, al sentir que su vida se evaporaba gota a gota, puso toda su energía en el último pimpollo que le quedaba. 

Durante la noche, se produjo en la flor una metamorfosis mágica; con las primeras luces del amanecer, agobiante por la falta de rocío, el pimpollo se desprendió del tallo, y en lugar de caer al suelo reseco salió volando, convertido en colibrí. 

Zumbando se dirigió a la cordillera. Pasó sobre la laguna de Wacracocha mirando sediento la superficie de las aguas, pero no se detuvo a beber ni una gota. Siguió volando, cada vez más alto, cada vez más lejos, con sus alas diminutas; su destino era la cumbre del monte donde vivía el dios Waitapallana. 

Waitapallana se encontraba contemplando el amanecer, cuando olió el perfume de la flor del kantu, su preferida, la que usaba para adornar sus trajes y sus fiestas. Pero no había ninguna planta a su alrededor. Sólo vio al pequeño y valiente colibrí, oliendo a kantu, que murió de agotamiento en sus manos luego de pedirle piedad para la tierra agostada. Waitapallana miró hacia abajo, y descubrió el daño que la sequía le estaba produciendo a la tierra de los quechuas. Dejó con ternura al colibrí sobre una piedra. Triste, no pudo evitar que dos enormes lágrimas de cristal de roca brotaran de sus ojos y cayeran rodando montaña abajo. Todo el mundo se sacudió mientras caían, desprendiendo grandes trozos de montaña. 

Las lágrimas de Waitapallana fueron a caer en el lago Wacracocha, despertando a la serpiente Amarú. Allí, en el fondo del lago, descansaba su cabeza, mientras que su cuerpo imposible se enroscaba en torno a la cordillera por kilómetros y kilómetros. Tenía alas, que podían hacer sombra sobre el mundo, cola de pez, y escamas de todos los colores, cabeza llameante, con unos ojos cristalinos y un hocico rojo. 

El Amarú salió de su sueño de siglos desperezándose, y el mundo se sacudió, elevó la cabeza sobre las aguas espumosas de la laguna y extendió las alas, cubriendo de sombras la tierra castigada. El brillo de sus ojos fue mayor que el sol; su aliento fue una espesa niebla que cubrió los cerros. 

De su cola de pez se desprendió un copioso granizo, al sacudir las alas empapadas hizo llover durante días, y del reflejo de sus escamas multicolores surgió, anunciando la calma, el arco iris. Luego volvió a enroscarse en los montes, hundió la luminosa cabeza en el lago, y volvió a dormirse, pero la misión del colibrí había sido cumplida… 

Los quechuas, aliviados, veían reverdecer su imperio, alimentado por la lluvia, mientras descubrían nuevos cursos de agua, allí donde las sacudidas de Amarú hendieron la tierra. Y cuentan desde entonces, a quien quiera saber, que en las escamas del Amarú están escritas todas las cosas, todos los seres, sus vidas, sus realidades y sus sueños. Y nunca olvidan cómo una pequeña flor del desierto salvó al mundo de la sequía.

 

PIRAMIDES DE GUIZA, Egipto


El comienzo de todo

Hubo un tiempo, hace miles y miles de años, en que no existían la Tierra ni el Cielo. El mundo carecía de árboles y montañas, de animales y personas, pues todo estaba ocupado por una masa de bullentes aguas negras que no tenía principio ni fin, y que se hallaba bajo el dominio de un espíritu. Un buen día, aquel espíritu decidió darse un nombre a sí mismo: 

—Jepri —dijo, con una resonante voz de trueno. 

Y, justo en aquel instante, se convirtió en un dios extraordinariamente poderoso. La palabra «Jepri» significa ‘Aquel que se convierte en luz y vida de todas las cosas’, y eso es lo que Jepri se dispuso a hacer: convertirse en un dios creador. Primero dio forma a un gran huevo resplandeciente que se sacudía y temblequeaba sobre la superficie del mar. Del huevo salió Ra, un dios solar que tiene cabeza de halcón y que es más poderoso aún que el propio Jepri. 

Nada más nacer, Ra ordenó al Cielo y a la Tierra que salieran de las aguas. 

—Tú te llamarás Geb —le dijo a la Tierra—. Y tú te llamarás Nut —le dijo al Cielo. 

Para separarlos, Ra creó a Shu, el Aire, y a continuación dio vida a Tefnut, la Humedad. Luego, la diosa Nut plantó sus pies en el este y las manos en el oeste, y formó así, con su gigantesco cuerpo, un arco sobre la Tierra. Su cuerpo, arqueado y boca abajo, se cubrió de un sinfín de gemas brillantes: las estrellas.

Todas las mañanas, Ra montaba en su barca para surcar el Cielo. Desde allí arriba, miraba la Tierra con su ojo, al que llamamos «sol». El ojo de Ra, fuente de toda luz, era tan grande y brillante que veía cuanto pasaba en la Tierra, y el dios se sentía muy orgulloso de él. 

Un día, al regresar de su larga travesía por el Cielo, Ra se llevó una desagradable sorpresa. ¡Su padre Jepri tenía otro ojo! Brillaba mucho menos que el sol, pero, aun así, Ra se puso hecho una furia. 

—¡Con mi ojo es suficiente para ver la Tierra! —le gritó Ra a su padre—. No necesitamos ningún otro ojo. 

Jepri se indignó. 

—¿Cómo te atreves a hablarme en ese tono? —dijo—. Eres demasiado orgulloso, así que, para que aprendas a ser más humilde, desde hoy mismo este otro ojo alumbrará el Cielo por la noche.

A aquel sol nocturno, al que nosotros llamamos «luna», Jepri le dio el nombre de Thot y le asignó el título de «Medidor del tiempo», pues la luna iba a servir para calcular la duración de los meses. Pero Jepri no se conformó con crear un segundo ojo celeste: engendró además seis nuevos dioses, cada uno destinado a una misión concreta, y también y a los hombres y a las mujeres, a los que puso en la Tierra para que lo adorasen. Hizo que crecieran todo tipo de árboles y plantas, creó a los animales que caminan por la tierra y a las aves que surcan los cielos, a los reptiles que se arrastran por el desierto y a los peces que habitan en las aguas, y, cuando acabó de hacer todo eso, se sintió tan agotado que se retiró a descansar a los Campos de la Paz, que se encuentran más allá del Cielo. 

Y así fue como, según los egipcios, comenzó todo.

 

 

LA GRAN MURALLA CHINA


Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacia despliegue de su tamaño, peso y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas clavada a una pequeña estaca en el suelo. Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía 5 o 6 años yo creía todavía en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún abuelo por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí, que por suerte para mí, alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: el elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde muy, muy pequeño. Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía…

Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no se escapa porque cree que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro, son tan grandes y robustas las murallas que se ha creado que jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez… Y es que esos muros que distorsionan la realidad y ocultan nuestras mejores maravillas, crecen más y más cada día, pudiendo ser tan grandes como los que abarcan la lejana China.

 

TEMPLO DE ARTEMISA Y MAUSOLEO DE HALICARNASO


En el gran templo de la diosa Artemisa, en la ciudad de Éfeso, había un hermoso jardín lleno de robustos y elegantes árboles y frutales. Un día, el jardinero que se encargaba de cuidarlo, fue a visitarlo y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo. La muerte se cernía sobre aquellas pobres plantas tal y como se cernió sobre su gran amigo Mausolo, en antaño gobernante de la ciudad de Halicarnaso, no quedando más recuerdo de él que el gran mausoleo que en su día se erigió. Intrigado y preocupado, preguntó a los habitantes del jardín a qué se debía su agonía.

El Roble le dijo que se moría porque nunca podría abrazar el cielo como sí hacía el Pino gracias a su gran envergadura. Volviéndose al Pino, lo halló de capa caída porque él nunca llegaría a dar esas jugosas uvas que daba la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa. Por su parte, la Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble.

Entonces encontró una planta, una Fresa, floreciendo y más fresca que nunca. Él la preguntó:

· ¿Cómo es que creces saludable y vigorosa en medio de este jardín ahora mustio y sombrío?

· No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, era porque querías fresas. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. Por ese motivo siempre me he dicho a mí misma: Intentaré ser Fresa de la mejor manera que pueda.

Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mírate a ti mismo. No hay posibilidad de que seas otra persona. Puedes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por ti, o puedes marchitarte en tu propia condena…

 

 

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